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La torre Eiffel: la construcción de un coloso

Emblema de París

La Torre Eiffel se alza en mitad del Campo de Marte, donde en 1889 fue erigida para Para la Exposición Universal de Paris.

El director de obras públicas de la capital de Francia afirmaba al principio de los trabajos de la torre: "esta obra hará resonar París hasta en Oriente [...] en mundo entero contendrá su aliente al descubrir esta torre gigantesca"

Gracias a su experiencia en el diseño de grandes obras de hierro, en 1889 Gustave Eiffel logró erigir una torre de más de 300 metros de altura para la Exposición Universal de París

La segunda mitad del siglo XIX fue la gran época de las exposiciones universales. Eran los años de máximo desarrollo de la moderna civilización industrial, y los países más avanzados sentían la necesidad de exponer sus últimos logros tecnológicos y científicos a través de reuniones que atraían a miles de visitantes. Para los países organizadores, las exposiciones eran también una oportunidad de demostrar su poder económico y político, y nada conseguía mejor ese efecto que un nuevo gran edificio construido con las técnicas más modernas, como el palacio de Cristal de la Exposición Universal de Londres en 1851.

14 de julio de 1789, la toma de la Bastilla

Por ello, en 1886, cuando las autoridades francesas, para conmemorar el primer centenario de la Revolución Francesa de 1789, decidieron organizar una nueva exposición universal en París –la cuarta tras las de 1855, 1867 y 1878–, convocaron un concurso para que arquitectos e ingenieros presentaran proyectos de todo tipo destinados a la Exposición. Pero sería un punto del concurso el que atraería la máxima atención, aquel que ofrecía «estudiar la posibilidad de erigir en el Campo de Marte una torre de base cuadrada con 125 metros de lado en la base y 300 metros de altura». El objetivo era erigir el edificio más alto de la historia. Justo el proyecto que acababa de elaborar el ingeniero y empresario Gustave Eiffel.

El ansia del hombre por construir un edificio que supere en altura a cualquier otro ha sido recurrente a lo largo de la historia, desde el mito bíblico de la torre de Babel hasta las pirámides, obeliscos, columnas o basílicas que han jalonado la historia de las grandes civilizaciones. Sin embargo, la Revolución Industrial de los siglos XVIII y XIX abriría posibilidades de construcción en altura que resultaban inimaginables en períodos anteriores, y ello gracias a la difusión del hierro como nuevo material estructural.

El objetivo era erigir el edificio más alto de la historia

Aunque en el pasado el hierro ya se utilizaba en funciones secundarias, como la conexión entre sillares de piedra, en el siglo XIX se convirtió en el armazón visible de los nuevos edificios típicos de la modernidad: estaciones ferroviarias, fábricas, mercados, calles cubiertas o galerías, jardines de invierno... Gracias a su ligereza y su resistencia, el hierro permitía construir, en mucho menos tiempo que anteriormente, edificios más amplios sin el sistema de muros, pilastras y columnas que requerían los edificios en piedra, y también más elevados. Fue esta última posibilidad la que alimentó la fantasía de crear el edificio más alto del mundo, más que los 146 metros de la Gran Pirámide de Keops o los 136 de la cúpula de la basílica de San Pedro en Roma. Un edificio, para dar una cifra redonda, de 300 metros de altura.

La carrera de los 300 metros

Desde la década de 1830, hubo varios proyectos para construir una torre de 300 metros o, según la medida usual en los países anglosajones, de mil pies (304,8 metros). El primero fue el de un ingeniero inglés, Richard Trevithick, el constructor de la primera locomotora, que en 1832 proyectó la Columna de la Reforma, una torre de fundición de mil pies de altura con un diámetro de treinta metros en su base y formada por mil quinientas planchas caladas de fundición.

Trevithick imaginó incluso un ascensor impulsado por un sistema de aire comprimido a través de un tubo interior, pero murió sin que nada de esto se llevara a la práctica. En 1852, Charles Burton propuso una torre de hierro con la que pretendía reciclar los elementos estructurales del palacio de Cristal de la Exposición de Londres de 1851, pero dado que empleaba los mismos componentes y criterios que esta última construcción es de suponer que hubiera sido igual de inestable frente al viento. Otro proyecto frustrado de torre metálica de mil pies de altura fue el propuesto por la empresa estadounidense Clarke Reeves & Company para la Exposición Universal de Filadelfia en 1876, rechazado debido a cuestiones económicas y lo incierto de sus resultados.

En los años siguientes, paralelamente a Eiffel, los ingenieros franceses Sébillot y Bourdais propusieron una torre de granito de mil pies de altura para la exposición parisina de 1889, que hubiera resultado totalmente inviable debido a la escasa capacidad de la sillería para resistir las flexiones provocadas por el viento.

Junto a estos proyectos que nunca se llevaron a cabo, cabe recordar otras construcciones que, al margen de la carrera por los 300 metros, fueron alcanzando cotas cada vez más elevadas. Un primer ensayo, todavía precario tecnológicamente, fueron las torres de fundición del americano James Bogardus, como la torre para alarma de incendio en la calle 33 de Nueva York (1851). Pero el antecedente más significativo de la Torre Eiffel fue, sin duda, el Monumento a Washington, diseñado por el arquitecto norteamericano Robert Mills. Compuesto por varias hojas exteriores de piedra y un núcleo central de escaleras de hierro conectado a la piedra, este obelisco debía alcanzar los 183 metros, pero desde el inicio de la construcción en 1848 sufrió numerosas dificultades, incluido un importante desplome al llegar a los 46 metros, que obligó a reforzar las cimentaciones. Finalmente se detuvo en 1884, al alcanzar los 169 metros.

Puentes y viaductos

El desafío de levantar una torre de 300 metros de altura sólo estaba al alcance de un ingeniero con una sólida experiencia previa en la construcción de obras metálicas de gran complejidad técnica. En la década de 1880, nadie poseía más experiencia de este tipo que Gustave Eiffel y sus colaboradores. En los pasados treinta años, Eiffel había realizado una serie de grandes puentes espectaculares –160 y 166 metros de luz respectivamente–, fueron montados en voladizos sucesivos, lo que exigía una enorme precisión para conseguir que los agujeros de las dos mitades del arco coincidieran y así poder unirlas, como se haría también en la torre de 1889. Para unir todos los componentes del viaducto de Garabit se utilizaron 500.000 roblones, una especie de remaches que los operarios debían introducir al rojo vivo. Por otra parte, Eiffel contaba desde 1865 con una factoría propia, los talleres de Levallois-Perret, donde diseñaba y fabricaba sus estructuras de hierro, lo que le daba total autonomía y control sobre el proceso de prefabricación.

Historia de un proyecto

El primer proyecto de la torre de 300 metros no fue de Eiffel, sino de dos ingenieros de su despacho, Émile Nouguier y Maurice Koechlin. En 1884, éstos imaginaron un gran pilono metálico formado por cuatro pilares que se curvaban en la base y se unían en la cúspide. Eiffel no mostró inicialmente gran interés, quizá por el escaso atractivo visual de ese primer esbozo. En cambio, cuando el arquitecto Sauvestre le añadió una profusa ornamentación, Eiffel comprendió el atractivo del proyecto y el 18 de septiembre firmó junto con Koechlin y Nouguier una patente denominada Nueva disposición que permite construir pilares y postes metálicos de una altura que pueda superar los trescientos metros.

Posteriormente, Eiffel compraría a sus ingenieros el derecho de patente a cambio de un porcentaje de los ingresos que produciría la obra. El diseño final redujo la decoración de Sauvestre, de modo que la estructura se convirtió en el elemento preponderante de la torre. Fue este proyecto el que ganó el concurso de 1886.

La torre se construyó en un tiempo récord

La torre se construyó en un tiempo récord: las obras empezaron el 26 de enero de 1887 y terminaron el 31 de marzo de 1889, a tiempo para la inauguración de la Exposición Universal dos meses más tarde. No sólo sorprende la rapidez de ejecución, sino que en todo el proceso no se emplearan en la obra más de doscientos trabajadores a la vez, gracias al sistema de prefabricación de componentes que se ensamblaban progresivamente. La construcción de los cimientos fue la fase más ardua, sobre todo en los dos pilares más próximos al Sena, pues hubo que excavar por debajo del cauce del río utilizando un complejo sistema de cajones neumáticos. El levantamiento de los pilares y su conexión mediante cuatro grandes vigas se logró por medio de una serie de andamios de madera y grandes torres de carga. Las secciones posteriores de la torre fueron construyéndose utilizando un sistema de grúas impulsadas por vapor hasta llegar a la cúspide.

El mástil más alto del mundo

La inauguración oficial de la torre Eiffel se hizo el 15 de mayo de 1889. Mientras que Gustave Eiffel y un grupo de personalidades izaban una bandera de Francia en lo más alto de la torre, ésta se iluminó con bengalas y se dispararon veintiún cañonazos desde el primer piso. En un disculpable alarde de chovinismo, Eiffel diría: «La bandera francesa es la única que posee un mástil de 300 metros». Durante la construcción se habían alzado algunas voces, particularmente de artistas y literatos, que denunciaban las dimensiones «monstruosas» de la torre y su fealdad. El novelista Maupassant, por ejemplo, la consideraba un «esqueleto feo y gigante», y otro escritor, Huysmans, hablaba de «ese repugnante poste de rejas». Pero el avance de la obra había creado gran expectación y cuando estuvo acabada el público reaccionó de forma entusiasta. Durante la Exposición Universal hubo un auténtico aluvión de visitantes –se calcula que dos millones–, que podían subir los tres niveles de la torre mediante un moderno sistema de ascensores.

¿Cuánto sabes sobre París?

Famoso, cargado de honores oficiales y multimillonario, Gustave Eiffel murió en 1923. Pocos años después, su torre perdió la condición de edificio más alto del planeta en favor de dos rascacielos norteamericanos acabados respectivamente en 1930 y 1931: el Chrysler Building del arquitecto William van Allen, de 319 metros, y el Empire State Building, de 381 metros, diseñado por William F. Band.

Los planos originales de la torre

El diseño de la torre Eiffel fue fruto de pormenorizados análisis a cargo de unos 40 ingenieros y delineantes, quienes realizaron 700 planos de conjunto y 3.600 dibujos de taller. La primera preocupación de los ingenieros era impedir que la torre volcara, lo que se logró mediante el trazado campaniforme de sus cuatro pilares, que le proporcionan la estabilidad suficiente. Las 7.341 toneladas de peso de la torre quedaron así firmemente asentadas. La segunda preocupación era evitar que la torre se deformara (o balancera) en exceso a causa de la acción del viento, por lo que debía ser una estructura de elevada rigidez. Esto se consiguió mediante dos recursos: la conexión de los cuatro grandes pilares de la torre mediante una gran viga de celosía a la altura de la primera planta y el sistema de la triangulación.

La unidad estructural básica de la torre Eiffel es el cuadrilátero triangulado. Cada uno de los cuatro pilares de la torre está formado por 28 de estos cuadriláteros o paneles, de entre 6 y 11 metros de lado; en el tramo hasta la primera planta, a 57,63 metros de altura, se contabilizan cuatro. Gracias a este sistema se logra la casi total rigidización de la torre frente al viento. La oscilación horizontal máxima en la cúspide es de 7 centímetros, lo que supone una relación de 1/4285 respecto a la altura, muy inferior a la habitual en edificios en altura, que está generalmente por encima de 1/1000.

Los cimientos y las fases de construcción

Durante los cinco primeros meses de las obras se ejecutó la cimentación. Ésta consistía en un lecho de grava compacta a varios metros de profundidad sobre el que se dispusieron pesados bloques de hormigón. Sobre dichos bloques se construyeron grandes zapatas de piedra en las que quedaron anclados los cuatro pilares de la torre. La construcción de los cimientos de los pilares norte y oeste, los más próximos al Sena, fue especialmente compleja debido a que era una zona pantanosa e inestable, por lo que fue necesario excavar cinco metros por debajo del nivel freático hasta alcanzar terreno firme.

El avance de las obras fue regular: unos diez metros al mes

Para realizar la excavación, Eiffel empleó un sistema de cajones neumáticos que se había introducido en Inglaterra en 1830, pero que nunca se había aplicado a una obra de las dimensiones de la torre Eiffel.

Para el montaje de la primera planta se utilizaron andamios de madera de forma piramidal a fin de apuntalar los pilares. A continuación, se construyeron cuatro grandes torres de carga sobre las que se montaron las cuatro grandes vigas de la primera planta. Al conectar estas cuatro vigas a los pilares inclinados, éstos quedaron estabilizados. A partir de la primera planta se montaron sobre cada uno de los cuatro pilares grúas trepantes impulsadas por vapor que iban deslizándose por los pilares e izando las secciones de la Torre.

La Torre Eiffel, curiosidades e historia del monumento más famoso de París

El avance de las obras fue regular: unos diez metros al mes. En septiembre de 1888 se alcanzó la segunda planta, a 115 metros de altura. Desde aquí, la torre toma la forma de un pilono propiamente dicho y el proceso de construcción se hizo más sencillo. La última fase fue la instalación de los ascensores, otro logro técnico sin precedentes; las empresas Edoux, Otis y Combaluzier instalaron tres tipos de ascensores, superando el reto de ascender 276 metros.

Los hombres que hicieron la torre

En la torre trabajaron a la vez entre 150 y 300 obreros. Su labor consistía en ensamblar las piezas que otro centenar de trabajadores fabricaban y premontaban en los talleres de Levallois-Perret, a las afueras de París, de donde llegaban por vía férrea. Por ello, la principal tarea era la de unir las distintas piezas mediante roblones, un precedente del tornillo.

Para colocar los roblones se formaron equipos de cuatro hombres: el grumete accionaba la fragua, calentando el roblón al rojo; el sostenedor lo introducía en el orificio, que ya venía realizado del taller, y lo sujetaba por la cabeza; el remachador golpeaba el vástago para formar la cabeza opuesta, y finalmente el golpeador la remataba con una maza. En la primera fase operaban 40 equipos que colocaban unos 4.200 roblones al día. En total, la torre Eiffel tiene 2,5 millones de roblones.

En la torre trabajaron a la vez entre 150 y 300 obreros

Los obreros fueron contratados entre carpinteros de París acostumbrados a trabajar a cierta altura y que demostraron ser inmunes al vértigo. De hecho, se produjo un único accidente mortal, que ocurrió además fuera del horario de trabajo. Más que la altura, el mayor problema de los obreros fue el frío, sobre todo durante el gélido invierno de 1888-1889. La jornada de trabajo era de nueve horas que llegaban a doce en verano. Ante las exigencias de los obreros, que a finales de 1888 llegaron a declararse en huelga en dos ocasiones por considerarse insuficientemente pagados, Eiffel les ofreció primas por resultados y mejoras en sus condiciones de trabajo, como una cantina en la primera planta, donde podían calentar la comida que se traían de casa.

Entre el horror y la admiración

Mientras se estaba construyendo, la torre Eiffel suscitó algunas reacciones de rechazo, entre ellas una célebre Protesta de los artistas contra la torre del señor Eiffel en la que, en nombre del «gusto francés», se rechazaba la erección de una torre «inútil y monstruosa », de «esta odiosa columna de chapa repleta de pernos». Sin embargo, para entonces la estética de la arquitectura en hierro ya no resultaba totalmente nueva y la propia torre incorporaba elementos puramente decorativos, como los arcos en la base, que buscaban armonizarla con los gustos de la época.

Lo que realmente impresionó fue la escala del edificio, sus dimensiones colosales, y eso tanto si se lo miraba desde abajo como por las perspectivas que se obtenían desde la cúspide. En la prensa aparecieron opiniones extasiadas: «La torre Eiffel se impone a la imaginación, tiene algo de inesperado, de fantástico, que deleita nuestra pequeñez». «Sólida, enorme, monstruosa, brutal, se diría que, despreciando silbidos y aplausos, trata de buscar y desafiar al cielo».




National Geografic .01-04-2017
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